Medicina forense y el lugar de investigación
En la primavera del 2012 cerca de las dos de la mañana, acudí a una
comunidad muy poco poblada alejada de las urbes, apenas diez casas se agrupaban
para formar dos calles de terracería. Seguridad pública reportaba que los
vecinos habían escuchado una breve pelea muy estrepitosa entre jóvenes,
despertando a dos familias cercanas que pudieron atestiguar el hecho, detallaron
que, cuando miraron por la ventana, observaron a dos personas sujetando a un
adolescente que repentinamente cayó al suelo y que posteriormente no volvió a
levantarse. Sobre el suelo, miraron que aún movía sus manos, pero que dejó de
hacerlo pasado unos minutos de haberse quedado solo, en la calle, debajo la
única lámpara de luz pública y a un costado de la entrada de la casa vecina que
estaba sin habitar. Después de procesar el lugar con metodología criminalística,
se observaron muchas huellas de calzado y algunos objetos personales, pero no
se hallaron armas blancas, tampoco armas de fuego. El cuerpo se encontraba en
posición decúbito dorsal, manos y pies extendidas. Vestía un pantalón de
mezclilla y playera deportiva, unos tenis de futbol de salón un tanto gastados.
A simple vista, en rostro, cuello y manos, no se observaban heridas, no se
observaban máculas en sus prendas o en el suelo. No se observaba ninguna lesión
fatal. Una vez fijado y levantado los indicios, se permitió el ingreso del
médico y servicio forense para mover el cuerpo y realizar una inspección más
especializada. Después de unos minutos el médico detecta un punto a dos
centímetros del plano medio sobre el pectoral izquierdo (región mamaria), tenía
aspecto de una verruga en forma circular, de 4 milímetros de diámetro. Se
aplicó una fuerza para retirarla y fue hasta ese entonces que brotó sangre
bajando por todo su costado izquierdo, el orificio era suficientemente pequeño
para no generar patrones de sangre y pasar momentáneamente desapercibido. El
hallazgo alertó el uso de un arma blanca (picahielo). La hipótesis del
homicidio doloso estaba ya encaminada a comprobarse y era necesario llevarlo al
anfiteatro para la necropsia.
“Si bien la actividad del perito médico no inicia ni termina en la necropsia, es indudable que su razón de ser no se entendería sin el anfiteatro; espacio donde coexisten en suave articulación vida y muerte, ciencia y moral, verdad y justicia” (Takajashi, 2019: 12)
Medicina forense, alcances y aplicación.
“Lo nuestro no es poca cosa: es diagnosticar una enfermedad, es determinar la mecánica de las lesiones y es, en suma, interpretar el lenguaje de los muertos con un sólo fin: contribuir al descubrimiento de la verdad en el ámbito de la impartición de justicia” (Tajakashi, 2019: 12)
Como criminalista reconozco el exhaustivo esfuerzo del médico en la
clasificación de las lesiones en personas vivas, en personas fallecidas y la
causa que originó la muerte. En cada reconstrucción de hechos, es necesario el
conocimiento de la medicina forense que explique el trayecto (ruta dentro del
cuerpo) del paso de cualquier proyectil o bien de un objeto lo suficientemente
largo para penetrar diferentes áreas del cuerpo. Las direcciones de esos daños que
se analizan en el trabajo de necropsia, así como su naturaleza, el cómo se
produjeron, la ubicación de cualquier lesión y si corresponden a un tiempo
actual o con cierto grado de antigüedad, permiten el entendimiento de cómo se
generaron los hechos, cómo se relaciona el lugar con la víctima, cómo se
relaciona el lugar con el victimario, y por supuesto, cómo se intercambian
características entre víctima y victimario.
Historia, actualidad y ¿Qué normas facultan a la medicina forense?
De acuerdo con Montiel Sosa (2016; Criminalística I) detalla que la medicina
forense tiene sus inicios en 1575 en el marco jurídico y de investigación
criminal con el médico francés Ambroise Paré y seguida por el italiano Paolo
Zacchia. Paré, el primero de ellos, era barbero y aprendiz de cirujano que se convierte
en un símbolo de la medicina al documentar sus experiencias en el auxilio de
heridos en la guerra, especialmente, en mecanismos con herida de bala,
quemadura de pólvora, técnicas de reducción de hemorragias y procedimientos en
odontología, que hasta ese entonces eran muy innovadores. Paolo Zacchia, también
contribuye con documentación de hallazgos en medicina forense, siendo profesor
de ciencias médicas, publica su obra “Cuestiones medico legales” (1621-1651)
donde detalla las normativas, tipo de respuesta y preguntas que un médico puede
enfrentar en casos jurídicos ante un tribunal. Sin embargo, la documentación
médica aplicada a los crímenes es más antigua, pues, los egipcios desde el año
3000 a. de C. mediante los conocimientos de Imhotep como experto y consejero
del faraón, ya mantenía una relación estrecha entre la ciencia y la ley.
Posteriormente en el año 1400 a. de C. se hace público el código de los hititas
el cual ya presentaba casos específicos de la aplicación de la medicina con la
ley.
La medicina forense es una ciencia antigua y bien documentada. Hoy en día el médico debe, al igual que el criminalista, actuar bajo el marco legal que se establece en el lugar donde se desarrolla, además del seguimiento de protocolos y tratados internacionales enfocados a proteger los derechos de los pacientes y de los propios médicos. De modo que, cuando hablamos de la medicina forense, describimos la ciencia con un valor incalculable para el desarrollo de una investigación pericial y que exige no solo un alto conocimiento de medicina, sino también, el conocimiento de protocolos como el de Estambul (casos de tortura o muertes sospechosas en violación de derecho humanos), protocolo de Minnesota (ejecuciones extralegales arbitrarias y sumarias), protocolo Latinoamericano de Muertes Violentas por Cuestiones de Género (Femicidio/Feminicidio) y la responsabilidad de acreditarse como persona idónea en su ciencia. Siguiendo el Artículo 369 del Código Nacional de Procedimientos Penales, que establece que los peritos deberán poseer título oficial en la materia relativa al punto sobre el cual dictaminará y no tener impedimento para el ejercicio profesional, a bien, describe más adelante, deberá comprobar que el oficio, arte o técnica esté reglamentada y la persona que la desarrolla sea idónea para esa función. En este contexto el médico forense queda restringido a cumplir con la ley y las exigencias que implican el uso de su ciencia. En el ámbito internacional las organizaciones que acreditan a las instituciones en aspectos técnicos científicos como el desarrollo de necropsias, clasificación de lesiones, dictámenes ginecológicos, andrológicos, toxicomanía, mecánica de lesiones, tortura y muchas más, son: ANAB (Nacional Accreditation Board), ILAC (International Laboratory Accreditation Cooperation) y EMA (Entidad mexicana de Acreditación).
La colaboración entre el criminalista y el médico forense es estrecha y dinámica en los aspectos técnicos bajo los objetivos de entender lo que ocurrió y cómo ocurrió. Primero en el lugar de hechos bajo las condiciones que el criminalista establece como responsable del área de investigación, luego, en el anfiteatro bajo las condiciones que el médico establece como responsable de necropsia. El encargado de reconstruir el hecho gestionará la información de todos los medios de prueba que se originan tanto en el lugar como en la sala de necropsias, deberá relacionarse con el lenguaje técnico criminalístico como con el lenguaje técnico médico y traducirlo al entendimiento de abogados y jueces en un tribunal.
Montiel Sosa, J. (2016) Criminalística I. Editorial Limusa Segunda Edición año 2016. México D.F. ISBN 978-968-18-6546-7
Excelente !!!
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